En un lugar remoto
donde las alas tienen alma
y las voces parecen coros
que alcanzan los tonos
de la eternidad, duermo.
Duermo entre las estrellas de cristal
que cuelgan del techo ciberespacial
haciendo de mi cuarto
una noche en el universo
de mi florecer,
ese lugar inquieto
que busca un lugar
para sentir su pertenecer
mientras se cosechan imágenes
llenas de plenitud,
paraísos cubiertos
de la membrana frágil
de la conciencia.
Duermo tanto que mi piel
se vuelve espuma y mis pies bailan
como títeres de las consecuencias
sin considerar lo que hizo a mi piel explotar,
mi detallada responsabilidad,
aquella que queda colgando de mis recuerdos
como en un sueño del que no me digno a despertar,
imaginando ilusionada en lo que me traerá,
sin ver que era yo el que soñaba en primer lugar
y que en el tiempo, no habría nada a que despertar,
puesto despierto estaba antes de esperar.




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