En la guerra de dos juicios,
está tu perspectiva y la mí­a,
se diluyen como agua
en un manantial de ilusiones.

Llamas a la puerta
me dices lo que es justo
y al no ceder a tu capricho,
empeñas tu mirada
por una muletilla
que te detiene
la voluntad.

Te mantienes
cautivo
a la tempestad,
aquella que
anhela
pierdas
tu mirada
por céntimos
de metal.

No sé qué hacer,
si rehusar
el instinto a la violencia
o dejarme convencer
hasta verme perdido
entre las olas
del desasosiego
sobre las cuales
nadas.

Lo logran,
te corrompen el mirar,
te pierdes y me resuelvo
aprender de tu vicio.

¿Te renueva
la violencia?

Báñate
en el agua
de tus juicios
inmundos, pero
¡déjame en paz!

Ya me cansé
de beber
tu instinto
fantasmagórico
como resabio
que aclama poseer
la vara de la razón
para controlar
lo único
que no puedes tener,
a mí­.

La violencia que lleva la sociedad no viene de una fecundación mágica, sino del mismo interior del individuo. En sus decisiones, se vuelve loco por tratar de comprender en dónde se esconde la paz. La busca en lugares exóticos como en las cosas que compra, pero en esos viajes lo único que resuelve es preguntarse: ¿Y luego qué? Los que no logran lo que quieren, siguen en ese patrón de luchar tener para sentirse bien. Y el que lo logra, comprende que tener lo que tanto anhela no resuelve nada y para satisfacer ese ciclo, vuelve a anhelar con mayor expectativa y dificultad. Piénsalo. ¿Seguirás deseando sin parar o te preguntarás de dónde viene la violencia?
Signature Lina Ru