Las palabras se disuelven como polvos mágicos 
en un desierto donde cada grano de arena 
es un pensamiento que intenta alcanzar 
a los demás, 
el viento las eleva, 
el viento las lleva 
hasta que es tiempo
de callar. 

En sí las palabras no tienen fuerza, 
pero el viento que las lleva 
y las transforma nos toca,
nos cambia y de ellas nace
lo que somos: fragmentos de ideas
entrelazándose con la fuerza 
de la conciencia.

Sin ellas no entenderíamos al otro,
con ellas peleamos la sombra que
nos asecha y desecha hasta quedar 
mudos. 

En el silencio es donde se concreta
el amor que nos convoca a hablar
con las miradas que comunican 
un pasado que se fue y nunca volverá.

Pero vuelven los recuerdos como lluvia
a un desierto que da todo lo que es
hasta que vuelve el viento 
y nos deja para que hagamos de los 
polvos mágicos un nuevo comenzar
que intenta alcanzar a los demás. 
La palabra puede ser nuestra salvación, así como nuestra perdición. Las palabras son escurridizas, pero también son más permanentes que la vida de un hombre. ¿Qué hacer ante tal dilema? Escuchar en el seno del silencio y pedirle a la vida que el lenguaje nos lleve a sanar en vez de pelear.
Signature Lina Ru