Renuncié a la entrada del deseo, 
tomé un pedazo de mi esperanza,
la inmersé en un líquido primordial 
que me devolvió la calma, mi cabeza
palpitaba, se llenaba de fortaleza. 

Al fin podía decirle no al momento
previo al deseo, no tenía que sentir
el baile donde puedo pero no quiero. 

Resistir el deseo es un recurso finito, 
pero renunciarlo antes de entrar 
al ser invadido, es un recurso infinito. 

No hay debate si debo salir a correr,
sólo corro. No hay debate si debo ir a
limpiarme la cara, sólo lo hago. No hay
debate, sólo hay hacer. Si hay ética
en el cuestionario, me detengo, ahí
solamente. Si debo reflexionar hay
silencio, en un aliento me detengo, 
Si lo hecho no merece mi querer, lo
renuncio. Si lo percibo apropiado,
me acuso pero si hago lo indebido,
me equivoco. Si es de esas veces
que debo mirarme dos o tres veces,
me arrepiento, pero nunca cedo. 

El día que le sigue, cuando me siento 
a la entrada del deseo, me volteo y 
veo al pasado en el espejo que dejé
atrás. Distingo entre lo debatible y 
lo que creo debo hacer para sentir
en un suspiro la satisfacción de ser
lo mejor que puedo ser. En un darse 
y amarse se esconde la plenitud, si
olvido conectarme con lo que soy, 
caeré al deseo, tropezándome con 
la tendencia a negarme lo imposible. 

Pero si a la entrada del deseo llego
a decirle: hoy no, mañana tal vez. 

Y ese tal vez nunca llega, siempre 
en su orilla, engañándolo en vez 
de ser el engañado, tocaré lo 
imposible, al deseo renunciaré, 
seré capaz de ignorar al deseo, 
ese que anhela negarme mi cúspide
a cambio de banal fugacidad y un cambio de canal.  

Signature Lina Ru