El dolor que llevamos dentro, 
lo ocultamos, lo negamos,
lo llenamos de televisión
y así, se llega a ser indiferente
lleno de billetes quemados
y palabras furtivas.

Y creen que todo está bien, 
el dinero lo resuelve,
sin reconocer el dolor 
ni que lo causa. 

Yo no quiero vivir más
en este mundo frívolo,
de etiquetas vacías 
y precios a la moda. 

Busco otro lugar,
uno que me reconozca,
que me ame con la misma compasión 
que me tenían cuando era niña.  

¿Por qué dejamos de amarnos?
¿Por qué nos volvemos soldados armados
cuando se nos arruga la cara? 

Soy el frio. 

El mundo es impalpable,
quizá estoy muriendo, 
pero esta muerte
se prolonga segundo tras segundo,
tantos segundos que huelo a vejez.

Soy la tristeza. 

La guerra nos sigue como 
enfermedad mental, vemos 
trincheras donde hay mazorcas,
vemos vicios donde hay flores,
vemos ladrones donde hay pobres.

Soy la ira. 
 
¿Y todo por qué? Por unos cuantos
que ríen por nuestro infortunio,
todo por haber nacido en el pesebre 
incorrecto, nacido con una madre
cansada de dar todo lo que tiene
sin recibir el agua que la nutre
y un padre que se enfrenta a 
un sol que todo marchita. 

Y así, día tras día, la muerte
nos recuerda que el dinero  
no la compra, pero si pudieran
¡Oh, cómo lo gozarían!  
El poder sobre la vida misma,
¡qué ironía!  
Sólo los pobres morirían. 

¡Cuánto más hemos de aguantar
antes de pensar más allá
del tacaño que pierde la razón! 

Soy culpable. No lo niego.
Ya no sé ni que hacer.
No quiero despertar
al dolor que nos espera
una vez destetada
la televisión. 

En ese círculo vicioso 
nos encontramos:
Si vemos, duele. 
Si ignoramos, huele
a la basura que dejamos
porque esa no desaparece, 
se manda al tiradero
y ese crece y crece
creyendo que sin verlo 
desvanece. 

Ya no podemos más,
pero somos cegados  
por lo mismo que nos libera,
la comunicación. 

¿Cómo salvarnos de nuestra 
propia condición humana?

¿Qué hemos de hacer para salir 
de esta maraña que hemos construido? 

Regresar a ver al mundo con inocencia,
ver a viejo con la misma compasión que al niño,
ver al ciego con la misma dedicación que al hijo,
ver al trigo con la misma consagración que al vino. 

¿Se podrá? No lo sé, pero si no regresamos 
al equilibrio donde el amor nos hace amigos
todo lo que tenemos se perderá y aprenderemos
del dolor que ahorita tenemos el lujo de ignorar, 
pero llegará el día que no se podrá ignorar y 
¿qué será de nosotros?  Pan y circo, hermanos, 
pan y vino, eso será de nosotros.  
Signature Lina Ru