La existencia es como un río, 
tiene que correr, jamás estancarse, 
ni ir tan aprisa que su claridad se apague, 
ni ir tan despacio que no haya más cauce.

La existencia es como un río
cuya agua debe permanecer en libertad
mientras saciamos la sed de transcender
la enredadera que nos ata al consumir.

Entre más agua queramos controlar, 
más se nos aprieta el cuello:
es la enredadera que nos aleja 
de la fuente de vida creando 
un estanque de soledad.  

El río nace de la lluvia de un ayer, 
lagrisas que nos parieron, 
empuje de creación explotando 
en aquel amor que incondicional 
nos cobija para que aprendamos 
a contemplar al río y su claridad 
sin querer poseer su verdad
para vivir en plenitud: 
su signo, la paz. 

Si te pierdes en el bosque en busca 
del río y sediento te encuentras,
deja de temer y observa a quienes 
humildes recogen agua del rio 
para llevarlo hacia su hogar, 
aquella agua que hemos olvidado 
al desear controlar lo incontrolable: 
la existencia misma que nos mira
desde el espejo de la conciencia. 

Si en busca del río te encuentras
pero nadie te observa, recuerda 
que puedes existir días sin agua,
pero es el aire lo que te aviva 
la consciencia, respira profundo,
respira con lentitud, respira
con conciencia para que llegues 
al río y te sacies del amor 
que en tu antiguo caminar 
se te negó por ignorancia: 
querer guiar en fe ciega
siendo que el río es vida. 

Sigue, sigue así, camina 
por donde no hay más camino,
anda por donde no hay más
andar, sana cuando aparece
el sufrir y descubre al río
que nunca se fue, río vivo,
río que buscas en un bosque
cuando está aquí, contigo: 
ahí donde no hay más camino, 
en frente de ti, a un respiro 
de tus pies, agua viva. 

Este es el segundo poema que usa al concepto del río con su movimiento para hacer una alegoría a la existencia y la vida. El primer poema se puede leer aquí: El río de la vida.

Signature Lina Ru